La profecía



—Usted es el primero que la abre, así que debe darme un beso y casarse conmigo —insistió la princesa.
—¡Ya estoy casado! —se quejó el caballero.
—Eso no importa, lo verdaderamente importante es que usted ha sido el primero en entrar en mi dormitorio, cumpliendo así con la profecía.
—Es que tampoco puedo besarte —dijo con voz metálica debido al casco, cuyos reflejos no dejaban ver bien su rostro.
—Eso también lo podemos dejar pasar. Así que no me cuentes ahora que vienes de otro planeta, que eso ya lo veo —concluyó alargando sus tentáculos.