Odio



Por fin pudo recordar el rostro de su madre, la maestra, la madre de Sánchez. La odiaba. El dolor ocultó aquella cara… hasta que mandó a ambos a la lona con aquel puñetazo lleno de odio y empezó la cuenta...
…uno…
…dos…
...tres…
“Hazlo otra vez… si te atreves.” Decía ella golpeando sus manos con la vara.
…cuatro…
“Puntos cardinales.”
…cinco…
“Continentes.”
…seis…
“Media docena.”
…siete…
“Pecados capitales.” Juró cumplirlos todos mientras aquella maldita mujer le tiraba de las patillas.
…ocho…
“Obras de misericordia.”  Para olvidar.
…nueve…
“Planetas.”
…y diez…
Segundos de vida le quedan a tu hijo. AMÉN.

Muñeco roto



“Bienvenido a la república” rezaba en la puerta de nuestra casa, era nuestro refugio, nuestra república del amor, un amor que reinaba como esa Amidala de La guerra de las galaxias, elegido libremente por nosotros.
Empujé la puerta con melancolía, la cerradura rota y yo sin ánimo para cambiarla, dentro estaban todos nuestros recuerdos, revueltos, desordenados, quizás como nuestro amor, Zaima, caótico, azaroso; eras como un huracán que arrastraba todo a su paso y yo era feliz dejándome llevar, un muñeco roto en tus manos, hasta que empezaste con la religión, ahí no pude seguirte, eso era mucho para mí, me había costado mucho librarme de sus prejuicios como para volver a ellos, dolían demasiado esas heridas de sacerdotes libidinosos.
Luego vino la policía, entraron en nuestra casa, la registraron, me interrogaron, y te vi en una grabación de móvil apretar el botón y estallar rodeada de niños. Yo no estaba allí, pero la bomba también acabó conmigo.

Sagacidad

–Lo que usted diga, doctor Frankenstein –respondió Hércules Poirot mirando a los ojos de Auguste Dupin, pero me parece que el hombre tumbado en el suelo con un puñal en la espalda no ha muerto de alergia al metal.

–No se crea –terció Sherlock Holmes–, porque como ya sabrá, una vez descartado lo imposible, lo que queda, por improbable que parezca, debe ser la verdad, y este hombre, si nos atenemos a la palabra del doctor, es la segunda vez que muere.
El inspector Clouseau se agachó a inspeccionar el cadáver:
–¿Alguno de ustedes se ha fijado en que el cuchillo es de madera?

La república



Su padre sonrió y fue corriendo a sacar la caja de herramientas de debajo de la cama. Palito sabía que su padre era capaz de arreglarlo todo, pero todo, todo; por eso no entendía que aquellos hombres de traje le tratasen tan mal, ni que su padre sonriese a escondidas mientras reparaba aquel coche con los cristales como espejos que se había estropeado frente a su casa, ni por qué había alrededor de ese auto tantos coches grandes y negros con señores de traje oscuro y gafas de sol.
Cuando se fueron ni siquiera le dieron las gracias, solo quedaron el polvo del camino y el vacío del silencio tras aquel escándalo de sirenas, gritos y motores. Papá hizo recoger a mamá todas las cosas rápidamente mientras hablaba por el móvil, nos metimos en el coche y nos fuimos a toda velocidad. Siempre era igual, siempre cambiando de casa.
Al poco de marchar se oyó a lo lejos una explosión, mamá se asustó y papá dio una especie de puñetazo al aire gritando ”¡Síííí!”, se volvió hacia mí, guiñó un ojo y me dijo: “Di adiós al rey, Palito, bienvenido a la república”.

El poder invisible



La coge con sus propias manos y la parte en dos para hacerla algo más corta. Juanito escucha el crac que hace la rama al partirse y da un respingo presagiando el dolor de los azotes, casi al mismo tiempo gira su cabeza hacia Teresita para infundirse valor, nunca nadie sabrá que fue ella la que torturó al gato, ¡haría cualquier cosa por ella!
Teresita mira a Juanito desconsolada, los ojos húmedos. Es lo que se espera de ella. Pero por dentro se siente poderosa, exultante, inmensa. Ahora Juanito está en sus manos y va a pasar la primera prueba, solo espera que le dure mucho para poder disfrutarlo.

Hojas secas



El crujir de las hojas secas les recuerda lo solos que están. Para el profesor esa soledad es reconfortante, refuerza su seguridad y tira de la cuerda para apremiar al chaval que le sigue. El alumno gime aterrado con la soga al cuello y las manos atadas a la espalda mientras arrastra los pies.
El sol y el viento entre las hojas crean una luz cambiante que dificulta una visión nítida. Pero el policía está decidido cuando aprieta el gatillo. El profesor cae al suelo haciendo crujir un montón de hojas secas. 
Él ya paso por eso hace mucho, recuerda el policía. Nunca más, se dice, nunca más.