Hojas secas



El crujir de las hojas secas les recuerda lo solos que están. Para el profesor esa soledad es reconfortante, refuerza su seguridad y tira de la cuerda para apremiar al chaval que le sigue. El alumno gime aterrado con la soga al cuello y las manos atadas a la espalda mientras arrastra los pies.
El sol y el viento entre las hojas crean una luz cambiante que dificulta una visión nítida. Pero el policía está decidido cuando aprieta el gatillo. El profesor cae al suelo haciendo crujir un montón de hojas secas. 
Él ya paso por eso hace mucho, recuerda el policía. Nunca más, se dice, nunca más.

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