La república



Su padre sonrió y fue corriendo a sacar la caja de herramientas de debajo de la cama. Palito sabía que su padre era capaz de arreglarlo todo, pero todo, todo; por eso no entendía que aquellos hombres de traje le tratasen tan mal, ni que su padre sonriese a escondidas mientras reparaba aquel coche con los cristales como espejos que se había estropeado frente a su casa, ni por qué había alrededor de ese auto tantos coches grandes y negros con señores de traje oscuro y gafas de sol.
Cuando se fueron ni siquiera le dieron las gracias, solo quedaron el polvo del camino y el vacío del silencio tras aquel escándalo de sirenas, gritos y motores. Papá hizo recoger a mamá todas las cosas rápidamente mientras hablaba por el móvil, nos metimos en el coche y nos fuimos a toda velocidad. Siempre era igual, siempre cambiando de casa.
Al poco de marchar se oyó a lo lejos una explosión, mamá se asustó y papá dio una especie de puñetazo al aire gritando ”¡Síííí!”, se volvió hacia mí, guiñó un ojo y me dijo: “Di adiós al rey, Palito, bienvenido a la república”.