Muñeco roto



“Bienvenido a la república” rezaba en la puerta de nuestra casa, era nuestro refugio, nuestra república del amor, un amor que reinaba como esa Amidala de La guerra de las galaxias, elegido libremente por nosotros.
Empujé la puerta con melancolía, la cerradura rota y yo sin ánimo para cambiarla, dentro estaban todos nuestros recuerdos, revueltos, desordenados, quizás como nuestro amor, Zaima, caótico, azaroso; eras como un huracán que arrastraba todo a su paso y yo era feliz dejándome llevar, un muñeco roto en tus manos, hasta que empezaste con la religión, ahí no pude seguirte, eso era mucho para mí, me había costado mucho librarme de sus prejuicios como para volver a ellos, dolían demasiado esas heridas de sacerdotes libidinosos.
Luego vino la policía, entraron en nuestra casa, la registraron, me interrogaron, y te vi en una grabación de móvil apretar el botón y estallar rodeada de niños. Yo no estaba allí, pero la bomba también acabó conmigo.