miércoles, 13 de marzo de 2019

Imagina


Ojala nuestra historia fuese como la de Indiana Jones, saltar en paracaídas sobre las pirámides de Egipto en una noche sin luna para recuperar la máscara funeraria de Tutankamon. Pero la historia que traemos es mucho más sencilla, mas cotidiana, es la vida de alguien que madruga de lunes a viernes, desayuna corriendo para coger el metro de una gran ciudad donde viaja aplastado de un extremo a otro, de la zona obrera donde puede permitirse alquilar un piso pequeño, hasta la zona rica donde edificios enormes de cristal y acero parecen querer aplastar a quienes se acercan a ellos. Allí le esperan las oficinas de una multinacional a la que sus empleados le importan menos que las plantas que las adornan. Eso sí, la empresa se empeña año tras año en convencer a sus empleados de que pertenecen a un grupo maravilloso que, cual supehéroes de tebeo, contribuirán a una mejora tal del mundo que ríete tú de la invención de la electricidad.
Atraídos por esta imagen ilusoria de felicidad los empleados son devorados por un sistema creado para usarles como pañuelos de papel. Sin embargo, nuestro héroe no está nada convencido de toda esta red de quimeras tejida a su alrededor, nuestro héroe cobra alrededor de mil euros al mes y tiene dos hijos adolescentes, su mujer murió hace un año y recibe otros quinientos euros de pensión de viudedad. Así que con mil quinientos euros y mucho tesón trata de llegar a fin de mes todos los meses del año, que no es poca cosa. Es por esto que cuando le hablan de esfuerzos no le queda más remedio que poner buena cara y hacer horas extras sin cobrarlas, necesita el trabajo casi más que cualquier otra cosa en el mundo.
Cuando llega a casa escucha a los políticos mentir, lo mismo que mienten los jefes de su empresa, todos ofreciendo lo que no van a dar, todos haciéndole miembro de un club en el que vale todo para cualquiera menos para él, todos prometiendo sueños imposibles.
Y piensa si puede uno ser feliz así.
Tarda en responderse, porque él es lento, “Tortuga” le llamaban sus amigos en el instituto. Pero siempre ha creído que ser lento es bueno porque no se precipita, porque le hace disfrutar del viaje, no solo del destino. Y piensa y piensa durante un buen rato, sin móvil, sin música, sin televisión, sin ni siquiera una radio sonando de fondo, porque el ruido y las imágenes le distraen.
Y sueña, sueña en lo que querría ser, lo que querría hacer. Y recuerda lo que fue, lo que pasó, lo bueno y lo malo, lo que soñó, lo que alcanzó y lo que se quedó en el camino. Y descubre que ya es feliz, que su particular estrella siempre ha estado ahí con él, guiándole en el camino, un camino sin destino, sin retorno, con baches y peligros, pero “su” camino; descubre que la felicidad no está ahí fuera, si no en él y en los suyos, su familia, sus buenos amigos, en vivir cada momento, no como si fuera el último, sino como si fuera el primero, como si fuera único, como si no fuese más que el comienzo de otro momento único.
Y por eso es nuestro héroe, porque es feliz a pesar de todo.
¿Te imaginas poder hacer tú lo mismo?

viernes, 8 de marzo de 2019

Química versus Fe

Esas alas de plástico servían para volar, o al menos eso creyó él cuando se las ató a la espalda y se dispuso a saltar del edificio en llamas decidido a salvar a todos cuantos pudiese. Y creerlo le dio el poder de volar.
Con lo que no contó es con que el plástico se derrite con el calor.

La Cámara de los Horrores

Todos sabíamos que tras aquella puerta nos esperaba el horror. Nunca hablábamos de ello, pero todos lo sabíamos. Más de una vez habíamos co...