domingo, 26 de mayo de 2019

Manual de felicidad


Lisa y yo íbamos a la misma clase, ella era pobre como las ratas y yo vivía en la abundancia. Y, sin embargo, la envidiaba. No, no la envidiaba, la odiaba. Odiaba su felicidad.
Se levantaba a las seis de la mañana para preparar el desayuno y la comida de su padre enfermo. Por las tardes jugaba en un equipo de balonmano y aun así le quedaba tiempo para estudiar y sacar buenas notas.
Mientras, yo pasaba las tardes con la play, me esforzaba lo justo y solo sacaba aprobados.
Llegaba al insti sonriendo, siempre parecía feliz, olía a miseria a kilómetros, colonia barata, libros de segunda mano,  ropa con remiendos y, por supuesto, toda del Alcampo o el Lidl, nada de marcas.
Yo quería ser como ella.
Por eso quemé la tienda de informática de mis padres y le di la llave de mi casa al más chungo de mi clase, le dije cuando podía ir a robar, cuando no había nadie.
Al principio todo fue un éxito, mis padres se llevaron el disgusto de su vida, no podían creer en su mala suerte. Pero todo salió mal, tenían unos seguros increíbles que les cubrieron de oro, montaron otra tienda en un barrio pijo y ahora vivimos incluso aún mejor.
Pero no me rindo, tengo otro plan y esta vez no puedo fallar.
No puedo fallar.
Quiero ser feliz.

Lógica infalible

—No es cierto que tengan siete vidas. —¿Quiénes? —Los gatos. —¿Por qué? —¿Por qué qué? —Que por qué los gatos no tienen siete vid...